Sábado 24 de Febrero del 2018

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EL ÚLTIMO TREN

 

                           EL ÚLTIMO TREN

El dictador fue claro y preciso en su decreto firmado por él y sacramentado por todos sus títeres. En pocas palabras, y sin ninguna clase de explicaciones, eliminaba todas las líneas férreas que recorrían el largo y angosto territorio del país. Además, se ponía a la venta: estaciones, locomotoras, vagones, rieles, todo lo relacionado con el tema de los ferrocarriles. Se comentaba, se intuía, que estas medidas eran una burda maniobra para pagarle el favor a los camioneros que, con sus huelgas, habían ayudado a producir los desastres en la distribución de productos alimenticios, y otras especies, que ayudaron a propiciar el cruento golpe militar.

Último periplo de aquel tren que había hecho cientos de viajes, de ida y regreso, desde la metrópolis hasta el puerto principal de la nación. La locomotora parecía conocer de memoria todo el trayecto. El conductor, Sergio Canales, que lucía los mismos años que la máquina, daba la sensación de que la dejaba ir a su antojo. Cualquiera diría que ambos se compenetraban a la perfección. La locomotora no se dio por enterada de la situación a pesar de ver la expresión de tristeza, de pena, de melancolía, que señalaba el rostro del maquinista. Ella no sabía que sería su último viaje. En realidad, puesto los pies bien sobre la faz de la tierra, ella solo sabía devorar distancias y más distancias.

El inspector, Rosendo González, para servirle a todo el mundo, señaló con un silbido estrepitoso la salida del tren de la estación. No supo de dónde sacó tanta fuerza para efectuar el silbato. También estaba convulsionado con la noticia. Lentamente el tren fue dejando la estación que se vestía de tristeza, de una melancolía que con el tiempo se haría mas fuerte. Rosendo González apenas tuvo ánimo para encender un cigarrillo y subir a un vagón.

No todos los pasajeros estaban enterados que este iba a ser el último viaje del tren. Siempre hay algunos despistados. Los que sabían no se atrevían a reclamar. En estos tiempos era mejor cerrar la boca. Demasiados oídos, demasiados miedos. La composición de los pasajeros estaba constituida por todo tipo de personas. La mayoría viajaba por cuestiones de trabajo, de familia. Juan Cristóbal Palacios Pérez acudía al último viaje de aquel tren llamado por su condición de perpetuo amante de los trenes. Se había embarcado para participar, en primera persona, en aquel acontecimiento crucial que cambiaba el destino de muchos. ¿Cuánta gente se iba a quedar sin trabajo? Juan Cristóbal Palacios Pérez no viajaba solo. Viajaba con sus gratos recuerdos.

   -Solo a ti se le ocurre partir de luna de miel embarcados en un tren.

   -Puede ser, pero no me vas a negar que es un viaje maravilloso. Además, nos espera una linda casita ubicada en un lugar muy especial, en un cerro, desde donde podremos ver prácticamente todo el puerto y sobre todo nuestro querido Océano Pacífico, que de pacífico no tiene nada.

   -¿Por qué te gustan tanto los trenes amor?

   -Te juro, cariño, que no lo sé exactamente. Puede ser el hecho que viví muchos años al lado de una estación provinciana Agreguemos que me encantaban las películas donde aparecían trenes. También la literatura al respecto. De niño soñaba viajar por todo el mundo embarcado en un tren. ¿Y sabes cuál es ahora mi gran sueño?

   -No querido. No lo sé . Aunque supongo que soy yo, pero te advierto que he dejado de ser un sueño.

-Tontita mía. Mi gran sueño es viajar contigo en el gran expreso, en el Transiberiano, cruza Rusia, Mongolia y tengo entendido que llega hasta China.

   -Me encantaría participar en esa aventura. Pero ahora quiero descansar, dormir un poco. La fiesta de la boda me dejó terriblemente cansada.

   -Ya lo creo, si bailaste como una loca. Y después… seguro que fue demasiado.

Cuántas, cuántas veces la besó en aquel viaje. La siguió besando en las mejillas cuando ella se durmió en sus brazos. Era un viaje de luna de miel que sería inolvidable. El tren daba señales de compartir la dicha de los recién casados con su rítmico traqueteo. Sus silbatos eran parte del jolgorio, de la felicidad. El paisaje lucía toda su esplendorosa naturaleza. El sol regalaba sus rayos con generosidad extrema. Y ese guitarrista apareciendo, cómo por encanto, e interpretando las canciones favoritas de los dos. Claro está que Juan Cristóbal Palacios Pérez nunca le dijo a su esposa que él lo había contratado anteriormente. Los otros pasajeros se unieron a la fiesta y no tardaron en saludarlos al enterarse que estaban recién casados. Llegaron a la estación del puerto. Bajaron con sus valijas. Un taxi los llevó a la que iba a ser su residencia por una semana. El tiempo se fue raudo como un cervatillo corriendo en el bosque. Esa semana sería añorada por los dos hasta el final de sus vidas. El regreso fue un poco extraño. Llovía. Ninguno de los dos sabía que de alguna manera esa lluvia representaba sus futuras lágrimas. Hasta el tren daba muestras que estaba inquieto.

Atrás quedaron los recuerdos cuando el tren se detuvo en una forma no muy académica. Bajaron algunos pasajeros. Subieron soldados, muchos soldados. La mayoría eran jóvenes, se les veía un poco nerviosos, un poco asustados. El teniente, que los mandaba, daba la sensación de venir saliendo de una película de guerra donde participaban soldados nazis. Si hasta lucía un bigotillo presuntuoso. El tren reanudó su marcha. El ambiente era pesado, denso. Al vendedor de bebidas se le cayó el canasto, se rompieron algunos envases. Una señora soltó un sollozo, una jovencita aportó con un par de suspiros. A un soldado, seguro el más torpe, se le escapó un tiro. Suerte que no hirió a nadie. En las sucesivas estaciones fueron bajando más pasajeros y subiendo más soldados. Juan Cristóbal Palacios Pérez decidió refugiarse en sus recuerdos.

Feliz de la vida él se dirige con su mujer y sus dos niños de vacaciones al puerto. Por supuesto en el tren acostumbrado. Los hijos, una pareja perfecta. El chico tranquilo. Buen lector. Aunque cuando viajaba, se pegaba a la ventana sin apartar su vista del paisaje y muy atento al tren, sobre todo en las curvas que le permitía ver la admirada locomotora. Digno hijo de su padre. Había heredado el amor, la pasión, por los trenes. En casa tenía una hermosa colección de trenes antiguos. La niña, muy parecida a su madre. Ambas se dedicaban solo a conversar. Y así, tantos y tantos viajes al puerto. A la casita que por fin habían adquirido. Todo, todo eso roto, destrozado, por una horda salvaje.

Los recuerdos se esfumaron bruscamente. Otra estación, la penúltima. Bajan pasajeros. Suben soldados. Dios santo, si ya era el único pasajero. ¿Qué estaba sucediendo ahora? No quiso imaginarse nada. Se escondió detrás de un cigarrillo fumado sin placer, a toda prisa. Incómodo, sentía todas las mirada sobre él. Si era el único civil. El tren llegó al final de su recorrido. La estación no era la de antes. Sumida en un letargo, vacía, apagada, mustia, descolorida. Juan Cristóbal Palacios Pérez bajó portando una valija pequeña. Los soldados bajaron y en correcta formación abandonaron la estación. Él se fue caminando lentamente hacia su casa. Nadie, absolutamente nadie, en las calles. Curioso, no sentía los típicos olores del mar, ni siquiera escuchaba los ruidos propios del puerto. Subió el cerro a duras penas. Llegó a su casita. Se refugió en ella como un niño se refugia en los brazos de su madre. Se sentó en un sofá, se quedó dormido al instante. Demasiadas emociones. Se despertó a medianoche. Se asomó al balcón. Miró sin ver, una espesa neblina le impedía divisar el puerto que siempre estaba iluminado por las noches. Nada, ni un alma en los alrededores. Ni siquiera escuchó el ladrido de los perros. Solo la inmensa noche y el sonido de miles y miles de tacones militares golpeando sobre las calles.

En un instante se olvidó de todo. Hasta de cómo regresar a casa, a su familia. Había viajado en el último tren.
 

Roberto Farías Vera

Tertulia de Guardamar, 2017

 

 

 

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