Editorial de El Siglo, edición 1588 del 8 de noviembre de 2011
¡Pastelero a tus pasteles!
Ni siquiera hace falta una enumeración, que además sería interminable, para fundamentar la sensación o convicción que predomina en la ciudadanía: los conflictos de intereses suman y siguen…
¿Es para sorprenderse el espectáculo casi diario que nos ofrecen las altas cúpulas de gobierno?
Pero por otra parte, ¿es que sería censurable, o inmoral, el que autoridades del gobierno tengan, más allá incluso de su conglomerado político, estrechas relaciones de parentesco, amistad o compartida pertenencia a influyentes grupos económicos? No cabe duda que, en este caso, la respuesta ha de ser un rotundo “no”.
Y es que no radica ahí el problema.
No cabe ni siquiera la alternativa de prohibir, o censurar, uniones matrimoniales. Ello no sería aceptable sino, al contrario, simplemente censurable.
Y es que tampoco es allí donde se presenta un problema, o conflicto.
¿Podría alguien, con algo de razón, sorprenderse de que un gobierno surgido desde las más altas y estrechas esferas del poder financiero y comercial, al buscar a sus más cercanos colaboradores los encuentre precisamente allí de donde ha salido; es decir, desde su propio nido, o “nicho” social?
Cada vez que algún “caso” se destapa ante la opinión pública, lo primero que surge es la coincidencia de personas, estudios jurídicos, cúpulas empresariales, asesores, etc., con figuras de reconocida relevancia en los altos niveles de gobierno, y en no pocos casos directamente ministros, subsecretarios, jefes de servicio o el propio presidente de la república.
Y no se trata, por cierto, de una casualidad. Y por lo mismo, tampoco podría tenérselo, si se ha de ser rigurosos y honestos, por algo ilegítimo. Lo que tampoco significa, por cierto, que sea deseable ni loable.
Tal vez habría que convenir que se trata de algo inevitable cuando el gobierno está constituido precisamente a partir de tales redes de concomitancias empresariales y madejas familiares.
Y es entonces cuando cabe volver a las páginas iniciales de los tantos “casos”, trátese de líneas aéreas, canales de tv, farmacias coludidas, banca con altísimas utilidades, súper mercados piratas, productoras coludidas en el mercado de los pollos, etc.
Y en esa página inicial lo que con mayor contundencia aparece es la génesis del actual gobierno, su indisimulable ADN empresarial. Y no estamos hablando de los tan celebrados “emprendedores”, lugar común de la retórica oficial, sino más bien del gran poder financiero y empresarial concentrado a una escala que nunca antes se había dado en Chile.
Recientes estudios muestran que la diferencia de ingresos del 10% más rico y el 10% más pobre llega en nuestro país a 27 veces. Todo un récord, del que no podríamos enorgullecernos. Y ante el cual no cabe el recurso de una “teletonización”.
Porque el problema es más profundo; y sus causas, más complejas como para disimularlas al alero de la caridad o la asistencialidad. Y porque la indignación es justa y nadie puede exigirle que se vista de oxford para expresarse en las calles.
Hay que inclinarse hacia las causas profundas y eficientes de nuestros males. Y es urgente extraer las lecciones de esa realidad que afecta a millones de habitantes de este país.
Y en las próximas contiendas electorales, y sin perjuicio del legítimo espacio al que todos tenemos derecho, propinarle a las minorías que se nutren de la pobreza y la miseria un mensaje categórico: el gobierno es de las mayorías. Y a los “sufridos” empresarios, que vuelvan a sus madrigueras, aunque esa vez vigilados por un poder político de raigambre y contenidos auténticamente democráticos.
Y desde entonces y para que nunca más haya “conflictos de intereses”: ¡pastelero a tus pasteles!
EL DIRECTOR
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